Eran las 6.30h de la mañana y la verdad que todavía la gente seguía dormida. Yo empecé a poner la lavadora, esa cabeza que siempre está dando vueltas, pensando en los míos.

El amanecer era fresquito y me asomé a la ventana que la tenía en mi cabecera de la cama. Estaba el cielo completamente estrellado y observando, que me encanta ver las estrellas, siempre miro haber si pasa una estrella fugaz, aunque no os lo creáis pasó y tan admirada me quedé que no tuve tiempo a pensar qué pedir; sólo pensé en si llegaría a esa tierra celta tan maravillosa que me estaba esperando.

Empezó a despertarse la gente y Joseba me llamó para desayunar. Desayunamos juntos con los demás peregrinos, sacamos unas fotos y la palabra mágica “Buen camino”. Joseba, encantador como todos los Joseba que conozco, buena gente.

Con muchas agujetas preparé a Lola, le puse las alforjas y empezamos el camino. Paraje temido por los peregrinos medievales que sufrían desastrosos asaltos de bandidos y animales salvajes.

Los bosques de robles y la serenidad del ambiente fueron como una preparación interior para llegar a San Juan de Ortega. Qué bosques más bonitos, con pistas enormes de grandes toboganes con subidas y bajadas, llegando casi tan alto que estaban casi a mi misma altura los molinos de viento. Pensé “Madre mía dónde estamos Lola, quién iba a pensar tú y yo aquí”. Me paré a pensar y en una piedra marqué mi nombre “para el recuerdo” pensé, llegó mi melancolía. Creo que interiormente estaba sufriendo, ahora me doy cuenta de “todo”.

En San Juan de Ortega entré en la iglesia y me llené de tranquilidad. Un día de sol pero muy fresquito. Todo hay que decir que yo no iba de Assos y Lola no era una máquina; las dos dentro de nuestros niveles hacíamos lo que podíamos. Tomé a la salida un café calentito, mientras me iba calentando las manos con la taza.

Seguimos las dos hasta Agües. Seguí camino recordando mi infancia en la cual yo hacía el camino pero en coche con todos mis hermanos y mis aitas…

Llegué a Atapuerca. Hacía un sol radiante y empecé a quitarme algo de ropa. Me tomé un vinito con un pincho de tortilla que me sentó de muerte, la verdad que no sé si el cansancio o qué pero el vinito me subía de muerte. Ahí me saqué la foto que veis con el cebollón. Me paré en el museo: madre mía, había pantallas explicando el cambio y evolución del ser humano entre el vino y lo cansada que estaba, la verdad que no me enteraba de nada, sólo escuchaba la música.

Salí del museo y pensé “qué sitios más bonitos que tenemos y nos vamos a pegarnos los grandes viajes, cuando muy cerca y por poco tenemos grandes maravillas por conocer”. Creo que en la vida nos pasa con todo, buscamos cosas o situaciones, ciudades, espacios que realmente igual, los tenemos más cerca que lo que creemos. Que no hace falta irse a un hotel de 5 estrellas para ser feliz, con una mochila y siendo tú misma puedes llegar a ser la persona más llena del mundo. Ordenando tu interior que a veces no nos escuchamos a nosotros mismos.

Bueno, después de Atapuerca seguí camino todo cuesta abajo llegando a Burgos. La ciudad está muy bien indicada con las flechas y no hay problema de pérdida. Esta ciudad ya la conocía pues en mi infancia ya pasé un gran verano de colonias. INOLVIDABLE por supuesto.

Saqué fotos en la catedral mientras me venían imágenes de aquel verano tan divertido. Pasando Burgos villalbilla, trabajos, raba de las calzadas y aparecieron unos ciclistas. Se le rompió la cadena a uno de ellos. Les pregunté si necesitaban ayuda: yo no tenía ni idea pero como buena peregrina siempre a disposición del caminante o bicigrino que me encuentre por el camino. Me dijeron que no, segundos después me di cuenta de que uno de ellos les estaba indicando el camino a los otros dos y entonces pensé “Creo que
voy por buen camino”. Digo esto porque a veces seguía camino sin encontrar la flecha y posteriormente aparecía esa flecha maravillosa igual en una piedra o hito, era verla y creo que hasta se me cambiaba la expresión de la cara.

Algunos me miraban y yo creo que pensaban dónde va esta con esa bici; bueno como digo yo, lo que vale es el interior… Llegando a Hornillos del Camino, en el albergue dejé todo mi material y puse a descansar a Lola. Fui a los baños y me encontré que hay que compartir, madre mía. Pasé y en la otra ducha un chico. Yo como buena chica cierro los ojos y “Venga Koro para adelante”. Cuando me estoy duchando se me pone a hablar, que si de dónde eres, qué bonito el camino… Mientras me enjabono miro para abajo y veo que se refleja el suelo, pensé “¿Se le reflejará a él tambien?”. Él como si nada, seguía hablando y yo no paraba de reirme. No os podéis imaginar las maravillas que hice para que acabara él de conversar y saliera antes que yo… Pensé, “Esta es la brujilla de Koro.”

Son las 19.00h y me voy a cenar. Nos mezclaban peregrinos en la mesa y casualidad me di cuenta que por la voz era él, no aguantaba la risa. Terminando de cenar en el albergue llamé a Javi. Nada, parecía que ni me escuchaba todo lo que le contaba, creo que a él le entraba por untado y le salía por el otro. Mi hija Lorena sí, con dulzura como siempre. Susana y Joseba igual, siempre me decían que disfrutara. Aquella palabra me daba qué pensar, algo raro, muy raro… Pero yo seguía mi camino.

En el albergue conocí a Mª José, una chica de Madrid, encantadora y muy pero que muy educada. A algunos peregrinos se les ve que tienen algo, que no están vacíos y esta chica lo transmitía…. Charlamos y a descansar. Esa noche descansé fatal.

P. D.: que conste que no pinché, ni me lo creo la verdad, que Lola se porta muy bien.

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